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LA LENGUA DE LAS PIEDRAS

LA LENGUA DE LAS PIEDRAS

 "Alejamiento infinito del mundo de las flores", suspira Novalis. ¡Qué decir, entonces, del de las piedras! ¿Y a qué se debe que, de camino, creamos tener un poco más de acción en éste?
    Claro que la cuestión no podría tener sentido más que para quienes piensan que nada de lo que les rodea está ahí para nada, que no puede dejar de importarles en algún aspecto; que una percepción que se repite un número inconmensurable de veces, de la mañana a la noche de la vida, como la del objeto llamado genéricamente "guijarro", no puede permanecer limitada a sí misma, quedarse en letra muerta. Las sapientes clasificaciones de los mineralogistas los dejan totalmente insatisfechos. En realidad, estos mineralogistas no representan para aquellos inquiridores más que una categoría de esos "elocuentes naturalistas" que se quedan en lo visible y en lo palpable y de los que Claude de Saint-Martin ha podido decir que "defraudan nuestra expectación no satisfaciendo en nosotros esa necesidad ardiente y apremiante que nos lleva, más que a lo que vemos en los objetos sensibles, hacia lo que no vemos".

  Sin ir a los orígenes en estado bruto, cuya indagación supone el traslado a otras latitudes y la puesta en marcha de todo un aparato, nada más fácil que llegar a sentir la particular "dignidad" de ciertas piedras. No hay más que vagabundear por los alrededores de la Orangerie o de las Tuilleries, a lo largo de las orillas del Sena, mucho mejor después de un aguacero, aveniéndose a veces a bajar los ojos, para cosquilleo del silex que tapiza como pocos el suelo parisiense. De aquí a coger uno de esos fragmentos bonitos para sacarle efectos luminosos en todas sus caras no habría más que un paso si no fuera porque ese paso sólo pueden darlo los que conservan cierta lozanía de sus pocos años. Por lo demás, en el niño es un gesto instintivo.

   El hecho es que las piedras dejan pasar, sin detenerlos lo más mínimo, a la mayoría de los seres humanos llegados a la edad adulta, pero los que excepcionalmente se prendan de ellas lo normal es que ya no se desprendan nunca. Allí donde las piedras se congreguen, los atraen y y se recrean en hacer de ellos una especie de astrólogos invertidos. El velo de puro ornamento que por un instante hizo caer sobre ellas su mirada se ha ido levantando poco a poco, a partir de  lo cual se les ha ido imponiendo oscuramente la necesidad de una indagación más exigente cada día. Esta creciente exigencia los lleva a poner cada vez más atención, y cada vez más exclusiva, en esa especie de aportaciones que se caracterizan porque gracias a ellas se puede profundizar más y más en la imagen casi vacía de sentido que la generalidad de la gente se hace del mundo. Quiere decirse que, con esto, entramos en el campo de los indicios y de los signos.

  Gaffarel,  bibliotecario de Richelieu y limosnero de Luis XIII, consagra el apelativo de gamahés  -nombre, cree él, derivado de «camaieau» (camafeo), corrupción de «chemaija», que significa como el agua de Dios- a las piedras grabadas como jeroglíficos, entre las cuales pone en primera línea las "ágaras figuradas". Estanislao de Guaita advierte que su teoría apenas difiere de la de Oswald Croll, que, en su Libro de las firmas, sostiene que esas improntas son «las firmas de las fuerzas elementales que se manifiestan en los tres reinos inferiores" y que, mucho antes de ellos, Paracelso había estudiado detenidamente los gamahés, a los que dio el poder de curar. Esta opinión prevaleció en los medios sapientes del siglo XVll, como lo demuestra esta cita de un autor prusiano. «Ocurre a veces que los rayos caídos de las estrellas (con tal que sean de la misma naturaleza) se unen a los metales, a las piedras y a los minerales, que han caído de su posición más alta, los penetran enteramente y se amalgaman con ellos. En esta conjunción está el origen de los gamahés:  se penetran de esta influencia y reciben la signatura de la naturaleza".  Jurgis Baltrusaitis, en una hermosa obra muy reciente, uno de cuyos capítulos se refiere a las "piedras con imágenes", recuerda el jesuita alemán Athanase Kircher pensó que podría trazar la nomenclatura de los diversos tipos de minerales a que nos referimos y explicar las causas de su anomalía que, naturalmente, sólo la divina «Providencia» ha podido disponer.

   En disculpa de los observadores e investigadores de los tiempos pasados hay una buena alegación: que las formas orgánicas fósiles no se reconocieron como tales hasta Bernard Palissy,  y el hecho de que se las confunda con las figuraciones fortuitas que nos interesan tenía, por fuerza, que multiplicar las causas de error. Camille Flammarion insiste en el hecho de que, pese a las comunicaciones de Sténon en 1669, «Fontenelle, Buffon, Voltaire dudan de la naturaleza de los fósiles y no adivinan el proceso de formación de los terrenos de sedimentos".   

   Es de extrañar que, sustraído el imperio de los gamahés la prolongada y abusiva ingerencia de los fósiles, no haya perdido nada de su prestigio a ciertos ojos. Verdad es que nunca como hoy sintió el arte la necesidad de insertarse en lo fortuito (basta referirse a los "frotages", "fumages", "coulages", "souflages" y otros modos de asociación con el azar en la pintura). En el fondo, el gusto no ha cambiado mucho desde que, en 1628, el archiduque de Austria esperaba de Toscana un mueble "enteramente cubierto de ágatas, de cornalinas, de calcedonias, de jaspes con cuadritos pintados al óleo".

   Cosa muy distinta es, nunca me cansaré de repetirlo, manifestar un interés de curiosidad por piedras insólitas, todo lo bellas que se quiera, pero a cuyo descubrimiento hemos sido ajenos, y ser esclavo de su búsqueda, para de tarde en tarde encontrar algunas, y aunque objetivamente valgan menos que las que ya se tenían. Entonces, es como si se jugara algo de nuestro destino. Estamos, totalmente entregados al deseo, a la solicitación y sólo en virtud de ellos puede cobrar valor tan alto el objeto buscado. Entre él y nosotros, como por ósmosis, se van a producir precipitadamente, por vía analógica una serie de intercambios misteriosos.

   El viejo minero llamado el "Buscador de tesoros", que encuentra Henri de Ofterdingen, evocando las riquezas que le han descubierto las montañas del Norte, declara que a veces ha creído entrar en un jardín encantado. Se ha dado el caso de experimentar la sensación en una playa de Gaspesia a donde el mar solía echar y llevárselas sin dar tiempo a cogerlas unas piedras alargadas, transparentes, de todos los colores, que brillaban de lejos como lamparitas. El año pasado, al acercarnos, bajo una llovizna, a un cauce de piedras que todavía no habíamos explorado a lo largo del Lot, el súbito "saltarnos a los ojos" varias ágatas de una belleza inesperada para la región me hizo creer que iban a surgir a cada paso otras más bellas y me mantuvo más de un minuto en la perfecta ilusión de estar pisando el paraíso terrenal. No cabe duda de que la obstinación en la búsqueda de los fulgores y de los signos, de que trata la "minerología visionaria", actúa sobre el espíritu a la manera de un estupefaciente.

  Hasta hay cabezas que parecen poco capaces de resistir a él, ciertos "gamahistas" a quienes sus trabajos les dan plena libertad para el desvarío. J. A. Lecompte piensa que el pavor o ciertas impresiones violentas, el fanatismo religioso o el político, pueden provocar la creación espontánea de un gamahé. J. V. Monbarlet, al cabo de largos años de "estudios", tiene por cierto que, en todo el valle del Dordogne, no hay una sola piedra, un solo sílex que no haya sido esculpido, grabado y pintado por el hombre -según él el artista galo- poniendo en él, tanto en el exterior como en el interior (como ocasionalmente lo revela al partirse), "cuadros misteriosos" e innumerables combinaciones. Estos dos autores se creen en el deber de corroborar su tesis con ayuda de numerosos dibujos o fotografías que naturalmente, de lo único de que pueden convencernos es del disturbio "paranoico" de su mente.
    Sólo cuando se levantan construcciones sistemáticas tan ambiciosas se rebasan, a mi parecer, los derechos de la mineralogía visionaria. Entre las piedras de aluvión de un río como el Lot -limitándome a lo que yo puedo conocer mejor-, muchas veces he creído comprobar que las que, en una búsqueda emprendida por un grupo, llaman la atención de cada uno por sus calidades de sustancia o de estructura son las que presentan más afinidades con su complexión particular. Creo que, en el mismo recorrido, dos seres, a menos que tengan un raro parecido, no podrían recoger las piedras: tan cierto es que sólo se encuentra aquello que una profunda necesidad reclama, y esto aun en el caso de que esa necesidad sólo se pueda satisfacer de manera enteramente simbólica.
    "Todo cuerpo transparente -piensa Novalis- se encuentra en un estado superior y parece tener una  especie de conciencia". Nada más cierto. Se apoya de pasada, en Ritter, que,  muy entregado a escrutar el "alma universal propiamente dicha", sostiene que todos los fenómenos exteriores deben llegar a ser explicables como símbolos y como resultados últimos de fenómenos interiores" y que "la imperfección de unos debe llegar a ser el órgano que revela los otros. Todavía algunos reaccionamos así. Las cintas internas del ágata, con sus contracciones seguidas de bruscas desviaciones sugieren lazos de trecho en trecho, cuando las vemos por vez primera vez parece que miran al través, en un espacio selectivo,  nuestro propio "influjo nervioso".   De esto puede resultar los más perturbadores "choques", y el mejor ejemplo de los mismos que puedo citar es la existencia de una piedra en la que se abre el sexo de la mujer, supremamente descrito, entre las circunvalaciones del cerebro.

   La búsqueda de las piedras que tiene este singular poder alusivo, sí es verdaderamente apasionada, determina el rápido paso de los que a ella se entregan a un estado segundo, cuya característica esencial es la extraludicez. Esta, partiendo como un cohete de la interpretación de una piedra excepcional, abarca e ilumina las circunstancias de su hallazgo. En caso tal, tiende a suscitar una causalidad mágica, que supone la necesidad de intervención de factores naturales sin relación lógica con lo que está en juego, por lo cual desconcierta y confunde los hábitos de pensamiento, pero sin que por ello deje de subyugar nuestra mente.

    El verano pasado, mi amigo Nanos Valaoritis tuvo la gentileza de consignar para mí las observaciones que ha suscitado el hallazgo de la bellísima piedra, en forma de figura sentada, que aquí se reproduce:

  "Cuando Marie W. nos llevaba por la noche en automóvil por la meseta calcárea desde las ¨playas¨ del Lot donde se nos había hecho tarde, no dejaba nunca de parar, por miedo a matarle o herirle, si un pájaro nocturno, deslumbrado por los faros, se quedaba quieto ante nosotros. El 14 de septiembre contamos nueve paradas por causa de otros tantos pájaros, al parecer de la misma especie. El planeta Marte, que según los periódicos está excepcionalmente cerca de la tierra, nos cautiva durante buena parte del trayecto.
  "De nuevo el 15, con A.B., explorando una pequeña playa cerca de Arcambal, a unos pasos encuentro en el río la piedra en forma de figura sentada, en la que me llama especialmente la atención la cabeza de pájaro nocturno. Mientras estamos observando, viene a revolotear en torno a nosotros el ¨gran Marte cambiante¨, una mariposa relativamente rara, siempre fascinadora. Se pesa con insistencia sobre el perro que nos acompaña. Otra piedra que encuentro se parece más claramente aún a los pájaros nocturnos de la víspera.

  "El 17 de septiembre estará ¨Marte en la posición más próxima a la tierra.

  "A los pocos días, leo un estudio de A. Lemozi sobre una sepultura neolítica descubierta en Toure Faure (Lot). Parece ser que en la piedra que cubre esta sepultura se destaca una cabeza de lechuza, de lo que deduce el autor que los pueblos neolíticos de la región adoraban a una diosa con cabeza de lechuza, divinidad tutelar de los sepulcros. Con razón o sin ella, cuanto más lo hemos pensado, más hemos creído que la piedra que yo encontré era la representación de la diosa".
    Una piedra como ésta, cuyo aspecto intencional llega tan lejos, plantea en realidad un problema insoluble. Tal como es, por la misma ambigüedad de origen, esa duda en que nos deja le da para mí un inmenso prestigio, pues tiende a conferirle una posición clave entre el "capricho de la naturaleza" y la del arte.
   Lotus de Paíni sostiene que la fase de Intuición se inicia históricamente en la especie humana en el momento "en que el alma penetra hasta el fondo de la piedra y toda de ella definitivamente las potencias del YO. La piedra.-dice también- confiere a la raza de los hombres el alto privilegio del dolor y de la dignidad". En todo caso, parece fuera de duda que al renunciar el hombre a algunas de sus preciosas facultades es cuando llegó a considerar las piedras como despojos. Las piedras -por excelencia las piedras duras-, continúan hablando a los que quieren oírlas. Hablan a cada cual un lenguaje a su medida: a través de lo que sabe le enseñan lo que aspira a saber. Las hay también que parecen hablarse una a otra y que, acercándose a ellas, se las puede sorprender hablándose. En tal caso, su dialogo tiene el inmenso interés de hacernos traspasar nuestra condición fundiendo en el molde nuestras propias especulaciones la sustancia misma de lo inmemorial y de lo indestructible (aquí no valdrá acantonarse). Desde este punto de mira, creo que, para nuestra mayor o menor edificación-eso depende sólo de nosotros-, merece la pena observar la gran Tortuga y el Cacique  hablando del misterio de los comienzos y de los finales.(*)

(*) Fuente: Andre Breton, "La lengua de las piedras", en Magia Cotidiana, Madrid, Editorial Fundametos, 1989, pp. 137-144

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